De rémoras y peces piloto 7/14/2022
Danilo Albero Vergara Escritor argentino

No estoy suscrito a plataforma alguna, para ver películas en televisión, pertenezco a la antigua vendimia que se abastece con las ofertas de canales culturales por cable y video clubs -en mi caso un video club, Marcos tiene la Biblioteca de Alejandría de los videos y, con paciencia, consigue lo inhallable y que no tiene-; en estas dos fuentes Castalias abrevo las 50 o 60 películas que veo por año.

La semana pasada quedé enganchado con un documental de National Geographic sobre los tiburones ballenas, animales cuya existencia ignoraba y, por lo que vi, bastante sociables con los buzos que los acarician -yo no los tocaría ni con una caña-. Porque no soy lo que se pueda llamar un amante de la naturaleza, aunque me gustan los jardines botánicos, los parques y las playas, pero estas siempre con fondo de edificios a la vista y conexión para el celular y Wi-Fi -Lima, Mar del Plata, Río de Janeiro, Valencia-, pero el programa de NatGeo me cautivó, quizás porque la asociación tiburón y ballena me trajo reminiscencias de Moby Dick, libro de que me debo una relectura en la bellísima traducción de Enrique Pezzoni y prologada por Jaime Rest.

El documental terminaba con una filmación hecha en la península de Baja California de un tipo de pesca desconocido hasta ese momento; un cormorán se sumergió y, como un torpedo, se dirigió hacia una rémora que estaba en el costado de la boca de un tiburón ballena y, tras un forcejeo que duró casi un minuto, se remontó hacia la superficie con su presa en el pico. Por lo visto la oferta del menú autoservicio del día fue tentadora porque, en breve, otros cormoranes hicieron otro tanto para llevarse otras rémoras que estaban en las aletas y al costado de la cabeza del tiburón ballena. Pensé en rémoras y peces pilotos, del que ya tenía referencias mitológicas, y vi el hilo de Ariadna para estas líneas.

Y le vi el hilo de Ariadna porque en la vida cotidiana abundan las rémoras, pero no las marinas de la variedad Remora remora, el pez, sino el bípedo Homo sapiens. La rémora es un pez y mi ignorancia sobre el tema es enciclopédica así que navegué desde el teclado por los océanos de las redes, sin prejuicios. Buscar en Internet no es tan fácil, abunda la información pero también la basura electrónica y, las más de las veces, los links de las webs no ayudan, son un incordio: nos llevan a los lugares más inesperados o no deseados. En el medio de mis búsquedas de las rémoras, a las que sumé la de los peces piloto, aterricé en el site de un club de swingers de Canadá que arman partuzas en un yate con el sugestivo nombre Remora. Como Cristóbal Colón, que creyó llegar a Cipango cuando puso el pie en Dominicana; me equivoqué de continentes, pero encontré lo que buscaba.

Los dichosos equeneidos son peces que han evolucionado y desarrollado una potente ventosa en lugar de su aleta dorsal; se adhieren a otras especies marinas de mayor porte: tiburones, rayas manta, tortugas y, especialmente, tiburones ballena; la razón es que toda esta fauna suele dejar restos de comida en sus cacerías y las rémoras, a cambio de este servicio limpian a sus anfitriones de parásitos. La razón de la metamorfosis de estos peces -ovidiano ando- es que procurarse alimento en el mar demanda alto consumo energético y peligros, es sabido que el pez grande se come al chico, y las rémoras se las han rebuscado muy bien; no le hacen asco a nada, se da el caso de que también se adhieran al casco de los barcos. Pero cuando son muchas constituyen un estorbo a sus huéspedes porque disminuyen su movilidad. Y ahora que lo pienso, quizás a esta razón se debió la cacería de rémoras que filmaron los buzos en el documental de NatGeo, el pobre tiburón ballena estaba sobrepoblado de rémoras y, supongo, -concesión al lenguaje inclusivo- también rémoros.

A diferencia de las rémoras, los peces piloto, si bien tienen hábitos alimenticios semejantes, no se adhieren a sus anfitriones, tiburones y barcos, sino que los siguen en sus singladuras. A los primeros, por lo general, adelante y un poco más arriba para alimentarse del resto de sus cacerías e, inclusive, metiéndose en la boca para limpiarle los dientes. De allí su nombre y abolengo con el mundo clásico, empezando por su nombre científico: Naucrates ductor; el nombre científico es un pasticcio greco latino: el genérico Naucrates deviene de mezclar dos palabras griegas naus (nave) y krateo (dominar) ya el específico ductor significa conductor; in altre parole “el conductor del que domina la nave”. El pez piloto fue respetado y adorado por los antiguos marineros griegos que veían en él un guía y buen augurio para los capitanes y timoneles y, como corresponde, le dieron origen divino. Así el pez piloto habría sido un marino de nombre Pompilio que ayudó a la ninfa Ocirroe a huir de los acosos de Apolo; fue en vano, el cachondo dios los encontró, se la transó a Ocirroe y a Pompilio lo transformó en pez. Aunque Ovidio no da cuenta de esta metamorfosis sino dos escritores posteriores y citando fuentes diferentes. Y de esto me enteré en mis derivas por alguno de los 41 volúmenes de Clásicos Jackson, regalo de mi entrañable suegra Ruth que me la cedió en vida.

Desde el océano de los estantes de las bibliotecas pienso si las rémoras no son ciertas lecturas que influyeron en nuestras cosmovisiones, prejuicios y principios; y cuya revisión no hemos abordado con nuevas relecturas que remocen cosmovisiones, prejuicios y principios -siguiendo aquella sabia reflexión de Groucho Marx “estos son mis principios si no les gustan tengo otros”-. Ya los peces piloto son aquellas lecturas que nos abren, convocan y guían en nuevas singladuras bibliográficas.

Porque, de alguna manera, las rémoras son peces lacayos, viven a la sombra de los poderosos, los sirven y se alimentan de sus sobras -¿o de sus obras?-. Si para Flaubert los escritores son como los buitres, siempre en busca de carroña; para muchos sería más ajustada aquella declaración del personaje de Roberto Arlt: “Yo tengo alma de lacayo.” Sin embargo, muchos escritores, que no vacilarían en definirse como buitres, jamás tendrán la sinceridad para declarar: “Yo soy un escritor lacayo”; o escritor rémora, que es lo mismo.

 

 

 

 


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