J.M.W. Turner
Danilo Albero Vergara escritor argentino
Literatura latinoamericana, relatos, ensayos literarios

Las iniciales corresponden Joseph Mallord William. Por razones que ignoro, escritores y artistas británicos acostumbran a firmar con las iniciales y el apellido: T.S. Elliot, T.E. Lawrence, E.M. Forster. Suena algo forzado, por eso J.M.W. es conocido –al igual que la mayoría en el Olimpo de paleta y pluma: Quevedo, Velázquez, Borges, Goethe, Picasso–, como Turner. Suficiente.

Turner nació en 1775, en setenta y seis años de vida fue testigo del surgimiento y fin de la Revolución Francesa; alborada, auge y ocaso de Napoleón; treinta y ocho de soberanía de la Reina Victoria y el comienzo imparable de la Revolución Industrial.

La cronología no es aleatoria ni fortuita; Turner fue, ante todo, una suerte de cronista, su trabajo puede ser leído como un registro de los tiempos en que vivió; cambios, angustias, búsquedas, decepciones y esperanzas de los hombres de su generación. Hijo de un barbero fue atrapado, desde niño, por el dibujo y la pintura; a los 14 años ingresó en la Royal Academy, tomó clases con un conocido paisajista y acuarelista a la par que se interesó por el paisajismo, la escuela veneciana y Canaletto. Además, resultado de la infancia en Londres y de la estadía en casa de un tío pescador, integró a su estética la actividad fluvial y marítima. En los muelles del Támesis escuchó con ojos muy abiertos, aventuras de barcos y marineros, weltanschauung que será, junto con nuevas concepciones estéticas, "sublime" y "pintoresco", sellos de su poética.

A los 23 años fue miembro de la Royal Academy. En 1802, en un viaje por Francia, Suiza e Italia; estudió en el Louvre de París, para culminar en Venecia; pero recién en 1833 nos dará una visión de la ciudad en "El puente de los suspiros, el palacio Ducal y la aduana de Venecia". El óleo muestra su aprendizaje sobre Canaletto en el tratamiento de la luz y la atmósfera; pero Canaletto jamás pintó, en primer plano a la izquierda, gente descargando mercadería en un muelle atiborrado de barcas de remo y basura. La vista no es desde un muelle sino desde el agua, como se la podría tener desde una embarcación, inmersa en la actividad cotidiana. Otro rasgo de la técnica de Turner es el encuadre cercano.Las pinturas de temas acuáticos suceden a diez metros de la costa, en muchos casos tempestades o naufragios: "El barco negrero" y "Naufragio".

En este viaje fructificaron bocetos que constituyen otro tema caro al pintor, la mitología y literatura greco latina: "Jasón", "Ulises burlando a Polifemo", "Dido construye Cártago", en ellos, al igual que en muchos de los cuadros, priva un tratamiento del óleo como, si fueran acuarelas, con veladuras, luminosidades y fundidos; y la elección de amaneceres o atardeceres para dar atmósfera a sus escenas. Porque Turner crea atmósferas en torno a sus obras. Esto también hace a la historia contemporánea: la épica de Nelson necesitó ser representada en un clima heroico y dramático como en "La batalla de Trafalgar vista desde los obenques de estribor de mesana" (1808). Una vista desde el cordaje del Victory y, a la derecha, el Redoutable; envueltos en nubes de humo de los cañonazos. El almirante, herido de muerte, es llevado hacia el pie del palo mayor. El espectador, en el medio de la escena, es personaje. Pero será en "El Combatiente Temerario, remolcado a su último fondeadero para ser desguazado" (1839), donde Turner da una vuelta de tuerca a la concepción del coraje y la tradición naval en los nuevos tiempos. El Combatiente Temerario fue el barco que arrasó con sus cañones al Redutable y vengó a Nelson, pero años después se volvió obsoleto. Ni los triunfos militares ni los barcos perduran, una embarcación a vapor lo remolca hacia su desaparición. El cuadro conmovió a sus contemporáneos y fue aclamado por la crítica. La presentación en público fue una performance: se recitaron poemas y proclamas de marinos veteranos de Trafalgar, y le valió una esclarecedora reseña de Thackeray: "Puede parecer absurdo tanto entusiasmo por cuatro pies cuadrados de lienzo representando dos barcos, un vapor arrastrando a un viejo velero, un río y una puesta de sol. Pero aquí se esconde el poder de un gran artista. Un gran artista es aquel que logra hacernos pensar acerca de muchas cosas que el objeto mostrado esconde; él sabe cómo curar o intoxicar, inflamar o deprimir, con unas pocas notas, palabras, formas o colores, de los cuales nosotros no podemos rastrear la fuente y los mecanismos de creación, pero sentimos el impacto de su resultado"; el pasado se vuelve actual.¿Y si el valor de una obra no es que nos acerca sino que nos lleva más lejos?

La revolución industrial no se detuvo, y en "Lluvia, vapor y velocidad" (1844), de izquierda a derecha una locomotora, arrastrando vagones de pasajeros, avanza, hacia el espectador. Atraviesa un puente en medio de una tempestad, inmune a las inclemencias. La imagen se ve opacada por el turbión y le valió una crítica más despiadada que la tormenta del cuadro. Su respuesta: "No pinto para agradar al público sino para expresar lo que veo y siento". Esto fue tres décadas antes de los impresionistas, recién en 1892 Claude Monet comenzó la serie de la catedral de Rouen y en 1904 Le Parlement. Trouée de soleil dans le brouillard.

 

https://youtu.be/VpdiSKrcMlM

 

 


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