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export 11/6/2026 1:17:38 AM
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Daphne Lab responde a Gabriel Vinderola: el rigor científico frente a la polémica en las redes sociales
El Dr. Luigi Di Vaia, fundador de Daphne Lab International, cuestiona las críticas difundidas por Gabriel Vinderola contra los BioMetaTest® y reivindica la importancia del debate científico basado en
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Tags Gabriel Vinderola BioMetaTest Luigi Di Vaia Daphne Lab International Divulgación científica Ética profesional Debate científico Transparencia científica
 
Daphne Lab International presenta su posición ante la controversia surgida en Argentina tras la difusión de publicaciones de Gabriel Vinderola en redes sociales. La organización defiende sus actividad
 

LA INFAMANTE MAQUINARIA DE DIFAMACIÓN MEDIÁTICA: CUANDO LA IGNORANCIA SE DISFRAZA DE CIENCIA Y EL RIDÍCULO SE CONVIERTE EN ESPECTÁCULO

Gabriel Vinderola habría querido manchar nuestra intachable reputación científica y profesional. Sin embargo, terminó manchando únicamente su propia credibilidad, entregándose al ridículo con una desenvoltura verdaderamente sorprendente.

Al día siguiente de una conferencia nuestra de altísimo nivel científico, celebrada en Argentina por DAPHNE LAB y FREE FARMA, cierto personaje llamado Gabriel Vinderola tuvo a bien publicar en las redes sociales una serie de reels poco menos que delirantes y enfermizos, convencido, evidentemente alentado por su propia y fervorosa imaginación perversa, de haber descubierto quién sabe qué oscuras maquinaciones detrás de nuestros BioMetaTest.
¿El resultado? Una sucesión de afirmaciones disparatadas, insinuaciones inconsistentes y reconstrucciones fantasiosas que transformaron su intento de desacreditarnos en un clamoroso ejercicio de autorridiculización que hemos puesto claramente de manifiesto.

Las falsedades difundidas, que desde luego no pensamos dejar sin respuesta por las vías correspondientes, chocaron inmediatamente con la documentación de nuestros estudios científicos y metodológicos. Por un lado, años de actividad, investigaciones y publicaciones; por otro, un puñado de charlas de bar preparadas para el escenario de las redes sociales.

Gabriel Vinderola, un supuesto profesional, al menos así le gusta presentarse, eligió utilizar los medios para echar leña al fuego, solo para terminar, metafóricamente, quemado por las llamas de su propia falta de preparación. Una obra maestra de autolesión comunicativa que casi merecería un reconocimiento, de no ser por la gravedad de los temas tratados.

Nosotros, mientras tanto, simplemente hemos seguido haciendo lo que hacemos desde hace más de veintiséis años: trabajar, estudiar, debatir y divulgar. En Argentina presentamos, ante un público integrado también por asociaciones y familias de niños con autismo, protocolos y metodologías objeto de estudio y debate con profesionales médicos, ilustrando sus principios, características y posibles aplicaciones.

Nuestro improvisado censor Gabriel Vinderola, en cambio, químico y ciertamente no médico, prefirió entregarse a comentarios irónicos y reconstrucciones absurdas, demostrando que desconoce el sistema, la metodología, los estudios realizados en Italia y en el extranjero y, sobre todo, que ni siquiera se tomó la molestia de verificar adecuadamente las fuentes antes de montar su propio espectáculo. Evidentemente, un sujeto que no sabe nada de clínica y nada puede objetar en ese sentido, pero que aun así habla de algo que no conoce.

Naturalmente, en el caso concreto de Gabriel Vinderola, no es el título académico lo que determina automáticamente la competencia de una persona. Pero cuando alguien pretende dar lecciones de ciencia sin conocer a fondo aquello que critica, el problema ya no es el título académico: es la distancia, a veces abismal, entre la presunción exhibida y la preparación demostrada.

La ciencia exige estudio, método, rigor y debate. No basta con un teléfono inteligente, unas cuantas muecas y una buena conexión a Internet para convertirse en una autoridad científica.

Seguiremos divulgando los resultados de nuestros estudios, explicando nuestras metodologías y dando espacio a médicos y profesionales que deseen profundizar en enfoques integrativos y complementarios, conscientes de la complejidad de las condiciones abordadas y de la necesidad de un debate científico serio.

Seguiremos dando voz a quienes buscan respuestas, información más profunda y posibilidades de apoyo, sin pretender sustituir a la medicina oficial y sin renunciar al derecho de estudiar caminos diferentes.

Lo haremos junto con los profesionales de nuestra red internacional, que colaboran con nosotros desde hace más de veintiséis años en numerosos países del mundo. Una realidad que existe mucho más allá del pequeño, estrecho y triste horizonte intelectual de quien parece creer que el universo científico empieza y termina en la pantalla de su teléfono.

Pero hay un aspecto de esta historia que supera incluso lo ridículo y merece una condena sin paliativos.

En su intento de ironizar sobre nuestro trabajo, este personaje recurrió a caricaturas, referencias a gallinas y alusiones sexuales de gusto cuestionable, con contenidos que consideramos ofensivos y totalmente ajenos a cualquier debate científico digno de ese nombre.

Y aquí el problema se vuelve todavía más serio.

Cuando se habla de autismo, de niños, de familias y de las dificultades que estas pueden afrontar a diario, no estamos ante material para un espectáculo de cabaret. Se trata de una realidad compleja que exige conocimiento, respeto, sensibilidad y responsabilidad.

Convertir estos temas en un teatrillo mediático, pensando en conseguir unos cuantos aplausos virtuales o algunas visualizaciones más, no es divulgación científica. Es una caricatura de la divulgación científica.

Quien, como Gabriel Vinderola, pretende hablar en nombre de la ciencia debería conocer, ante todo, el significado de la palabra respeto.

Evidentemente, sin embargo, a algunos les resulta más fácil aprender a editar un reel que profundizar en una metodología científica.

Nuestro protagonista Gabriel Vinderola, quizá convencido de poseer un irresistible talento mediático, intentó construir una representación grotesca del trabajo realizado por decenas de médicos, especialistas y profesionales de la salud y el bienestar.

Se las da de gran divulgador, se pavonea ante la cámara y emite juicios con la seguridad de quien parece no contemplar ni remotamente la posibilidad de tener que profundizar en aquello de lo que habla.

Más que un influencer, a juzgar por esta actuación, parecería un auténtico «deficenzer»: una nueva figura del panorama digital en la que la presunción corre mucho más rápido que el conocimiento.

Un neologismo, por supuesto. Pero ciertas actuaciones terminan sugiriendo incluso nuevas categorías lingüísticas.

No aceptamos lecciones de legalidad, ni mucho menos lecciones de ciencia, de Gabriel Vinderola, que elige la insinuación en lugar de la argumentación, la caricatura en lugar de la verificación y el sarcasmo en lugar del análisis en profundidad.

Nadie pretende que nuestras metodologías queden al margen de la crítica. Al contrario, el debate científico es necesario y legítimo. Pero la crítica seria se basa en el examen de los métodos, la evaluación de los datos, la discusión de las evidencias y la capacidad de distinguir lo que está demostrado de lo que sigue siendo objeto de investigación.

No nace de bromas groseras, alusiones y representaciones deformadas del trabajo ajeno.

Y, sobre todo, no se construye aprovechándose de la sensibilidad de familias que afrontan a diario situaciones complejas.

Nos preguntamos qué concepción de la deontología profesional puede justificar semejantes formas de comunicación. Nos preguntamos qué idea del rigor científico puede convivir con tal empobrecimiento del lenguaje y del debate.

Y nos preguntamos, sobre todo, si quien elige sistemáticamente la espectacularización sigue teniendo clara la diferencia entre ser un profesional e interpretar una caricatura cuestionable de uno en las redes sociales.

La popularidad no confiere competencia. Las visualizaciones no equivalen a publicaciones científicas. Los aplausos virtuales no sustituyen a los estudios, y las muecas frente a una cámara no constituyen una demostración metodológica.

Quien, como Gabriel Vinderola, confunde el número de sus seguidores con el valor de sus argumentos ya ha perdido el rumbo de la ciencia, suponiendo que alguna vez lo haya seguido realmente.

Y, sin embargo, nuestro personaje Gabriel Vinderola sigue actuando, probablemente convencido de que basta con levantar la voz para adquirir autoridad.

Nosotros, en cambio, preferimos seguir documentando nuestro trabajo.

Hemos expuesto públicamente las características, los principios y los detalles de nuestras metodologías y hemos puesto a disposición estudios y publicaciones relativos a las actividades científicas realizadas. Quien desee cuestionar nuestro trabajo puede confrontar esa documentación, examinar su contenido y formular observaciones técnicas precisas.

Ese es el terreno en el que deseamos debatir.

No nos interesa participar en espectáculos teatrales extravagantes como las pantomimas ridículas montadas por Gabriel Vinderola, ni perseguir a quien utiliza el sarcasmo como sustituto del análisis científico.

Porque una cosa es discutir críticamente la eficacia y los límites de un método; otra muy distinta es confeccionar representaciones denigrantes sin abordar seriamente sus fundamentos, procedimientos y documentación.

La ciencia no se hace gritando. La ciencia no se hace ridiculizando. Y, sobre todo, no se hace convirtiendo las dificultades de los niños y sus familias en una oportunidad para dar espectáculo.

Sería interesante comprender si nuestro autoproclamado paladín de la divulgación correcta conoce esta distinción o si, ya completamente absorbido por su propia representación mediática, ha olvidado que detrás de cada tema científico hay personas reales, expectativas, dificultades y responsabilidades.

Igualmente interesante sería comprender por qué determinados ámbitos reaccionan con tanto nerviosismo ante la simple presentación de metodologías diferentes de las más difundidas.

No estamos en contra de los protocolos oficiales ni pretendemos oponernos por principio a la medicina convencional. Consideramos, en cambio, que la investigación debe mantener un espacio abierto al debate, la verificación y la profundización en hipótesis y metodologías alternativas o complementarias.

No aceptamos que el debate científico se reduzca a una confrontación ideológica, ni que los intereses económicos del sector sanitario y farmacéutico se consideren un argumento suficiente para cerrar cualquier discusión.

Los grandes grupos industriales, las multinacionales y los circuitos económicos de la salud son realidades dotadas de enormes recursos y capacidad de influencia. Precisamente por eso consideramos fundamental que la evaluación de las metodologías científicas siga siendo independiente, transparente y basada en evidencias, no en la pertenencia a un determinado circuito comercial.

No pedimos privilegios, inmunidad frente a las críticas ni reconocimientos automáticos.

Solo pedimos que quien pretenda cuestionarnos, como quiso hacer el supuesto gran profesor Gabriel Vinderola, tenga al menos la preparación y la seriedad necesarias para comprender aquello que pretende demoler.

No basta con despachar años de actividad con unas cuantas bromas de poca monta. No basta con hacerse el gracioso. No basta con presentarse como guardián de la verdad científica para convertirse realmente en uno.

La ciencia es algo serio. El espectáculo barato es otra cosa. Pero personajes teatrales como Gabriel Vinderola opinan de otro modo.

Y confundir ambas cosas constituye un pésimo servicio a quienes buscan información fiable.

A lo largo de nuestra extensa actividad internacional ya hemos afrontado campañas denigratorias, ataques personales e intentos de desacreditación. En diversas ocasiones hemos acudido a las autoridades judiciales y obtenido incluso sentencias condenatorias contra los responsables.

Recordamos, entre otros, un procedimiento concluido con una condena de seis meses de prisión y otro caso, más reciente, que dio lugar a una condena a trabajos comunitarios y al resarcimiento de los daños ocasionados a nuestra organización.

Por lo tanto, no es la primera vez que alguien cree que puede atacar impunemente nuestro trabajo.

Y, como ya hemos demostrado, no tenemos ninguna intención de renunciar a la defensa de nuestra reputación, nuestra actividad y la dignidad profesional de quienes colaboran con nosotros.

No permitiremos que nos amordacen quienes confunden la libertad de crítica con la libertad de difamar. Sobre todo, charlatanes televisivos como Gabriel Vinderola. No nos dejaremos intimidar por la presunción disfrazada de competencia. Y desde luego no dejaremos de trabajar porque algún improvisado protagonista de las redes sociales haya decidido montar su espectáculo a costa de nuestro nombre.

Seguiremos dialogando con médicos, investigadores y profesionales dispuestos a examinar seriamente las perspectivas científicas, incluso las no convencionales, manteniendo en el centro la verificación de las evidencias y el respeto por las personas.

El autismo es una condición compleja y multifacética que afecta profundamente la vida de muchos niños y sus familias. No merece convertirse en pretexto para escenas mediáticas, provocaciones vulgares o ejercicios de narcisismo digital. Precisamente por eso merece investigación rigurosa, profundización, debate interdisciplinario y comunicación responsable. Gabriel Vinderola debería comprender primero de verdad lo que significa cuidar a un niño autista antes de divertirse a costa de las familias.

Quien desee debatir con nosotros en el plano científico encontrará interlocutores dispuestos al diálogo. Quien quiera examinar estudios, métodos y resultados encontrará material sobre el cual formular observaciones. Quien desee contribuir seriamente a la investigación encontrará disposición al diálogo.

Quien, en cambio, prefiera gallinas, alusiones homofóbicas y sexistas, caricaturas y teatrillos en las redes sociales puede continuar tranquilamente con su espectáculo indecoroso.

Pero que tenga al menos la decencia de no llamarlo ciencia.

Después de todo, hay algo profundamente grotesco en ver a quien pretende defender el rigor científico renunciar precisamente a ese rigor en cuanto abre la boca.

Y hay algo todavía más desolador al observar cómo ciertas personas —y este es precisamente el caso de nuestro personaje Gabriel Vinderola—, con tal de conquistar un instante de visibilidad, parecen dispuestas a rebajar el nivel del debate hasta convertirlo en una farsa.

Nosotros no necesitamos gritar para demostrar que existimos. Nuestra trayectoria profesional, nuestras actividades y nuestra red internacional hablan a través del trabajo que realizamos a diario.

Otros, evidentemente, necesitan una cámara encendida para convencerse de que son alguien. Gabriel Vinderola tiene una pequeñísima plataforma en las redes sociales con la que cree ser importante.

Y si esto pretendía ser una gran operación para demoler nuestra credibilidad, solo podemos constatar su clamoroso fracaso comunicativo.

Porque la maquinaria de difamación, esta vez, se atascó antes incluso de ponerse en marcha, dejando a su improvisado conductor Gabriel Vinderola completamente sumergido en el ridículo que había preparado para los demás.

Una conclusión tan previsible como embarazosa.

A quien utiliza las dificultades ajenas como material para obtener atención y visualizaciones, a quien prefiere la insinuación al estudio, la burla a la profundización y la presunción a la competencia, le dirigimos una sola palabra:

¡AVERGONZATE, Gabriel Vinderola!

Pero, observando el nivel del espectáculo ofrecido, tenemos la fundada sospecha de que incluso comprender su significado podría representar un ejercicio intelectual excesivamente exigente.

Y si este personaje, Gabriel Vinderola, con sus torpes actuaciones mediáticas, aspiraba a conquistar un público más amplio, podemos tranquilizarlo: seremos nosotros quienes le ofrezcamos un escenario internacional, mucho más amplio de lo que jamás habría podido imaginar. Difundiremos este comunicado, traducido a todos los idiomas necesarios, en los numerosos países del mundo en los que operamos desde hace más de veintiséis años con seriedad, profesionalismo y resultados concretos y medibles.

Así llevaremos este asunto al conocimiento de nuestra red internacional de médicos, especialistas, profesionales y colaboradores, para que todos puedan conocer y evaluar el nivel de sus argumentos y la calidad de su supuesto rigor científico.

¿El profesorcito Gabriel Vinderola quería visibilidad? Estaremos encantados de darle una dimensión internacional. Porque cuando alguien decide subir voluntariamente al escenario de la burla, no debería sorprenderse si el público se vuelve de pronto mucho más numeroso. Y esta vez, en lugar de unos pocos espectadores frente a una pantalla, podría encontrarse ante una audiencia mundial, perfectamente capaz de distinguir la seriedad profesional de su imitación más torpe.

Y HABLANDO DE CREDIBILIDAD CIENTÍFICA, CONVENDRÍA PLANTEAR ALGUNAS PREGUNTAS PRECISAMENTE A NUESTRO IMPROVISADO CENSOR.

Porque el señor Gabriel Vinderola, tan diligente a la hora de emitir juicios y pretender dar lecciones a los demás, quizá debería recordar que su nombre ya apareció en las páginas de la prensa argentina en relación con asuntos bastante menos divertidos que sus teatrillos en las redes sociales.

El 12 de junio de 2026, la revista argentina Sudestada, en una investigación firmada por Patricio Eleisegui y titulada «Ley de etiquetado: expertos comprados por alimenticias y el Gobierno», mencionó expresamente a Vinderola entre los integrantes de PROFENI, organización involucrada, según la reconstrucción periodística, en el debate sobre las relaciones entre expertos en nutrición y grandes industrias alimentarias. Y eso no es todo: el propio Gabriel Vinderola ha declarado públicamente actividades de asesoramiento, formación, desarrollo de productos y colaboración tecnológica con empresas que operan en los sectores de los alimentos fermentados, los probióticos y las fórmulas infantiles. Actividades que, naturalmente, no constituyen por sí mismas ninguna irregularidad, pero que hacen cuando menos sorprendente la desenvoltura con la que este personaje parece querer subirse a la cátedra para juzgar el trabajo ajeno. Antes de repartir certificados de pureza científica, quizá convendría explicar al público qué relaciones profesionales se mantienen con la industria, qué intereses se declaran y qué criterios de independencia se adoptan en las propias evaluaciones. Porque la transparencia, estimado Vinderola, no debería ser una obligación que se exija únicamente a los demás.

Y AQUÍ ESTÁ LA VERDADERA OBRA MAESTRA DE ESTA HISTORIA: QUIEN PRETENDE PONER A LOS DEMÁS BAJO LA LUPA DEBERÍA SER EL PRIMERO EN NO TEMER QUE ESA MISMA LUPA SE DIRIJA HACIA ÉL.

No somos nosotros quienes inventamos titulares periodísticos, no somos nosotros quienes incluyeron el nombre de Gabriel Vinderola en una investigación crítica sobre las relaciones entre profesionales de la nutrición y la industria alimentaria, y desde luego no somos nosotros quienes redactaron sus declaraciones de intereses profesionales. Son documentos públicos, que cualquiera puede consultar y que cada lector podrá evaluar de manera autónoma.

Sería, por tanto, interesante saber si nuestro protagonista Gabriel Vinderola aplica a sus propias relaciones con el mundo industrial la misma severidad que exhibe cuando se divierte ridiculizando el trabajo de los demás.
¿O acaso el rigor científico cambia repentinamente de intensidad según la dirección hacia la que se apunta con el dedo? Nosotros no necesitamos inventar acusaciones, construir caricaturas ni recurrir a insinuaciones: nos basta con invitar al público a leer, documentarse y comparar de manera seria y crítica. Y quizá esta sea precisamente la diferencia más embarazosa: mientras alguien se afana en buscar el ridículo en nuestros trabajos, podría descubrir que el primer asunto merecedor de un serio examen público es precisamente la coherencia entre lo que predica y lo que declara hacer.

La moraleja es muy sencilla: antes de subirse al púlpito para dar lecciones de ciencia, estimado profesorcito Gabriel Vinderola, sería de buena educación comprobar que ese púlpito no se apoya en intereses privados y económicos que el público tiene todo el derecho a conocer de antemano.

Artículo escrito por el Dr. Luigi Di Vaia, fundador de los laboratorios DAPHNE LAB International

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