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daniloalberovergara 6/21/2021 9:27:23 AM
daniloalberovergara
Renacer
Danilo Albero Vergara escritor argentino
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Tags literatura literatura latinoamericana literatura hispanoamericana narrativa argentina Danilo Albero Vergara escritores argentinos escritores latinoamericanos novelas de escritores argentinos
 
Literatura, relatos, crtica, comentarios sobre libros.
 

Salí de la Clínica de Ojos con las pupilas dilatadas por un estudio de fondo de ojo, anteojos negros y visión reducida; luego de consultarlo con el oftalmólogo resolví operarme de cataratas incipientes. Puedo esperar unos años, pero la intervención reducirá el uso de anteojos, solo para leer, llevo décadas usando multifocales pero, la pandemia trajo como incomodidad colateral la odiosa mascarilla; no estoy capacitado profesionalmente para opinar sobre el porcentaje de su efectividad como medida protectora y es insuperable, en un ciento por ciento, en empañar anteojos; “todos se quejan de lo mismo por las mascarillas”, dijo el oftalmólogo.

En la esquina de la clínica vislumbré un taxi que se disponía a estacionar –un milagro a esa hora de tráfico embotellado–, hice señas: se acercó un señor mayor y me preguntó si lo pensaba tomar, dije que sí pero cedí el turno. El taxista estacionó, descendió, fue hasta la puerta trasera derecha y ayudó a una señora muy mayor que llevaba bastón apoyado en cuatro regatones. Con voz de abuelita que pregunta “¿quién es?” al lobo feroz, la dama me pidió que la ayudase a cruzar la calle y subir a la calzada; la tomé del brazo e iniciamos. En el medio del adoquinado el semáforo cambió a verde, la primera fila de autos nos vio en la travesía, la segunda también, el resto de la cola no; nos descargaron andanadas de impacientes bocinas; llegando al cordón de la vereda, un asesino serial en dos ruedas pasó a toda velocidad entre nosotros y la calzada, no pensé nada bien de su madre, también que es una suerte que maneje una bicicleta y no un camión. En la vereda, ofrecí a la dama acompañarla hasta la puerta de su departamento, me agradeció por la ayuda y respondió que podía sola, la vi alejarse con paso tambaleante y lento pero decidido, brillantes zapatos negros de tacón bajo, pollera y sacón en tonos pizarra, boina rosa con un pompón negro y recordé la reflexión de Bette Davis, también la historia de Lázaro.

Imposible pescar un taxi vacío. Resuelvo volver caminando hasta casa, pero antes voy a pasar por la librería artística de Scalabrini Ortiz y Nicaragua a buscar tinta y cuadernos, adoro las ferreterías y las papelerías. Una niebla baja nos envuelve con su efecto de luz blanda, sombras suaves y colores poco saturados que insinúan más que ocultar el paisaje urbano, ahora filtrado por mis anteojos oscuros. Mientras camino divago que, en estos momentos, toda la ciudad bien puede ser una ilusión óptica, un trampantojo que simula volúmenes y aberturas, pisos, entradas, a edificios y paredes encristaladas. Cuarenta cuadras más tarde, salgo de la librería artística, con dos frascos de tinta estilográfica, uno sepia y otro verde, tres cuadernos de hojas lisas y un inesperado hallazgo: un portaminas de metal que sumaré a mi colección -ni bien lo vi en una vitrina supe que no podría vivir sin él-; frente a la vidriera cumplo con el ritual de despedida, me demoro minutos viendo las cajas de lápices de colores para dibujo distribuidos como alhajas en una joyería. Las hay de veinticuatro, cuarenta y ocho y la joya de la corona, un estuche de cuatro bandejas, que se despliegan como una escalera de cuatro peldaños, noventa y seis lápices de colores, percibo siete tonalidades de amarillo y pienso que sería un placer -mejor, iluminación- ver a un artista dibujando un trampantojo con esos lápices, pero también que va a ser una pena verlos achicarse de manera irregular en su estuche a medida que los va usando, ¿qué colores consumirá más?

Remonto Scalabrini Ortiz hasta Güemes, las pupilas menos dilatadas, o la luz blanda, ofrecen un festival de vidrieras iluminadas: tiendas de ropa, fiambrerías, casas de deporte, negocios de electrodomésticos y bares. Casi en la esquina de Güemes un ómnibus de la línea 111 espera que cambie el semáforo, observo el contraste del cartel frontal con tres tramos principales: “José León Suárez – Chacarita – Puerto Madero”, en letras luminosas rojas y la carrocería con los colores verde y amarillo, como la bandera brasileña, la verde e amarelo. ¿Qué color dará la mezcla de verde y amarillo?, de alguno de los siete amarillos de la caja de cuatro bandejas y los que no conté de los verdes, que ciertamente no serán “mil distintos tonos de verde”, como dice la zamba que cantan Los Chalchaleros. Cuando el ómnibus parte caigo en la cuenta que amarillo con verde da color pistacho, mejor “helado de pistacho”, también que ya mis pupilas deben haber vuelto a su tamaño normal. Como si hubiera renacido mi manera de ver antes de que el oftalmólogo las dilatara para el estudio de fondo de ojo, y la palabra renacer que me acude no es casual, ya pienso en Lázaro, el bíblico muerto que se levantó y volvió a este mundo, cuando la señora que ayudé a cruzar la calle se alejaba. Vuelvo al remolino de mis pensamientos.

Renacer, re prefijo de repetición: renacer, volver a nacer, a cobrar existencia o nueva vida, y no sólo los muertos, también de los que se sienten marginados y dejan de estarlo, o desprovistos de vitalidad y la recuperan. Y es esto último, recuperar la vitalidad, lo que permaneció fijo en mis pupilas dilatadas cuando la elegante señora del bastón de cuatro regatones, zapatos de tacón bajo, ropas en tonos pizarra, boina rosa con un pompón negro, se alejaba; también la vitalidad que emanaba de sus pasos tambaleantes pero decididos -con certeza antes de salir se miró en el espejo y con femenina coquetería se ladeó un poco la boina.

“Ser viejo no es lugar para cobardes” (Old age is no place for sissies), dijo Bette Davis, la más hermosa villana del cine de todas las épocas. Tuve la idea de escribir sobre esta experiencia; lo primero que haré cuando llegue a casa, así estreno el nuevo portaminas que acabo de comprar. También que no acostumbro a viajar en colectivos, antes de la pandemia usaba combinaciones de subterráneo y caminaba. A Cortázar en París le gustaba ir a la terminal de las líneas de métro, empezar el viaje y descender en cada estación, recorrer los alrededores, volver a tomar otro y continuar hasta el final del recorrido; yo podría hacer lo mismo, pero en ómnibus y comenzaría por la línea 111. No tengo idea donde queda José León Suárez.





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